Nadie se acordará de los publicitarios cuando hayamos muerto

 

Hace unos días me invitaron a dar una breve charla en el colegio de mis hijas. Era la típica presentación de profesiones de los papás en el aula, de esas en las que los hijos se sorprenden al ver aparecer a su padre, que de forma distendida y relajada cuenta en lo que trabaja todos los días y como sirve a la sociedad.  Hasta ahí, todo normal, ¿verdad?

Cuando me lo propuso la directora del colegio, ya me había parecido que explicarle a un montón de niños de ocho años que me dedicaba a la publicidad iba a ser tan marciano como cuando le conté a mi abuela que iba a estudiarla hace 25 años “¿Y eso es una carrera? ¿Para qué sirve?” Pues eso.

Como decía Woody Allen, me hubiese dado por vencido pero continué porque ya no me daba tiempo, así que desesperado, busque sin éxito por Internet si ya existían casos parecidos de padres bloqueados ante la difícil tarea de explicarle a un grupo entero de niños lo inexplicable: que la publicidad, aparentemente y si no matizamos mucho, no sirve para nada. Y el histórico de papás que ya habían pasado por el mismo trago tampoco me era de ayuda, desde enero ya lo habían hecho tres padres: uno era profesor, otro policía y el otro estaba en el paro, pero era periodista y escritor antes de perder el empleo.

 

En definitiva, no había ninguna duda que yo era un caso de profesión rara de manual, para ellos igual de bizarra que un cuenta cuentos, un apretador de pasajeros en los vagones del metro de Tokio o un sexador de pollos. Se dice que los niños y los borrachos nunca mienten por lo que no hacía más que sudar imaginando la humillante respuesta de los niños ante la evidencia de que mi profesión era como ellos dicen de forma sincera y sin eufemismos, “una caca”. Pero aunque en mi lado izquierdo tenía un angelito con la cara de mosqueo de Herodes diciéndome que no fuera a contar nada para no quedar más en ridículo en el otro lado tenía otro con la cara de Erich Fromm recomendándome mi responsabilidad como padre en la educación de mis hijos. Así que no tenía escapatoria.

 

La noche anterior, como sabía que a las 9.00 no iba a estar muy despierto (si hay algo que los publicitarios tenemos es la costumbre de no ir a trabajar muy temprano), decidí hacer unas breves anotaciones para tener más claro como podía contarles lo que era dedicarse a la publicidad, así que a la mañana siguiente y ya en la clase, hice mi entrada en el aula tranquilo y de forma relajada, seguro de lo que iba a explicarles. Me duró exactamente medio minuto, que fue lo que tardó la profesora en presentarme y explicar que trabajaba “en los anuncios”. Enseguida sonaron  decenas de frases solapadas que comenzaron a inquietarme: “¿Trabajas en los anuncios de la tele?”,”¿En cuales sales?”, “Conoces a la patrulla canina?”.

 

Vale, es verdad, eran niños muy pequeños, pero realmente si preguntamos a un niño de primaria, incluso del último curso, ¿Sabría lo que hace alguien que se dedica al marketing o a la publicidad? Si comparamos nuestra profesión con las de los padres de los otros niños (incluida la del parado) todas son profesiones que con ligeras transformaciones existen casi desde que el hombre es hombre, ¿pero qué podemos decir de la nuestra?  El sector de la publicidad, el marketing y las relaciones públicas compone un ecosistema laboral y económico que cuenta con apenas cien años de historia. Aunque es verdad que actualmente la profesión de publicitario ya no pasa desapercibida, seguimos siendo denostados, con escaso reconocimiento y menospreciados como meros vendedores de humo. A pesar de que cada vez hay más publicitarios convertidos en líderes de opinión o series de televisión como “Mad Men” que la han puesto de moda, la publicidad es reconocida casi siempre como un fastidio que interrumpe nuestra peli favorita o llena de papelotes nuestro parabrisas. Y aunque no podemos obviar la necesidad de autocrítica, sana en cualquier profesión, habría que recuperar el orgullo perdido de ser publicitario.

José G. Pertierra-director-general-Clicknaranja

José G. Pertierra, director general de Clicknaranja.

Hace ya tiempo que hemos perdido el sentimiento de pertenencia a una profesión que durante su época dorada permitía iniciativas, proyectos y campañas eficaces que podían cambiar el pequeño mundo de nuestro alrededor. La llegada de la crisis en los últimos años ha convertido a una profesión creativa, divertida e imaginativa en una quejosa, desilusionada y sin iniciativa, incapaz de encontrar nuevas respuestas a los retos que nos plantea el futuro. Quizás en esa falta de autoestima esté la respuesta a esa ridícula inseguridad por responder a un pequeño grupo de niños de ocho años. Quizás dentro de poco tiempo hayamos conseguido superar este bache y podremos contar sin miedo lo que hacemos y declarar con orgullo lo que somos: publicitarios.

Jose G. Pertierra

Director General de Clicknaranja

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