Experiencia de cliente, todavía

La inteligencia artificial acelera las decisiones empresariales, pero también puede paralizarlas. Manuel Blanco, presidente ejecutivo de Merkle Spain, analiza por qué la tecnología solo cobra sentido cuando mejora la experiencia de cliente.

Manuel Blanco, presidente ejecutivo de Merkle Spain.

Hace más de veinte años, mientras cursaba sus estudios en Harvard, Patrick McGinnis publicó «Social Theory at HBS: McGinnis’ Two FOs» en el periódico estudiantil. En este ensayo describía dos patologías que había observado entre sus brillantes compañeros: FOMO y FOBO.

El FOMO, Fear of Missing Out, impulsado por la explosión de las redes sociales, se ha popularizado hasta definir a toda una generación. El FOBO, Fear of a Better Option, permaneció durante años en un segundo plano. Sin embargo, es el que mejor explica lo que ocurre en muchas empresas hoy.

En 2026 los avances de la Inteligencia Artificial van más rápido que nuestra capacidad de asimilarlos. Todos lo vivimos. Hemos normalizado que cada nueva funcionalidad, cada nuevo modelo que aparece, supere al anterior y transforme lo impactante hasta entonces en irrelevante de forma cruel. ¿Quién se sorprende hoy por obtener un buen resumen de un documento extenso o una imagen personalizada en unos segundos? Hace apenas unos años era algo impensable.

Los agentes y los tokens han entrado de lleno en la conversación sobre la productividad de las empresas. Y muchas compañías se han quedado atrapadas tratando, a la vez, de entender lo que está pasando y de encontrar el camino para su adopción. Atascarse por el puro temor de que exista una opción mejor que la que estamos a punto de elegir (FOBO), superados por la inmensidad de alternativas y la velocidad con la que están apareciendo, resulta tan probable como peligroso.

La lista no termina nunca

Y entonces empiezan las preguntas: ¿Empezamos por nuestros procesos internos o vamos directos al cliente? ¿Lanzamos este caso de uso o aguardamos a que los agentes se consoliden? ¿Adoptamos las soluciones que incorpora nuestro stack tecnológico actual o miramos entre las herramientas de nicho que están apareciendo? ¿Asumimos el riesgo reputacional de un potencial error o nos quedamos un paso por detrás? ¿Cerramos el acuerdo con A o esperamos a ver qué anuncia B en su próxima conferencia? La lista no termina nunca.

En muchos comités de dirección el elefante en la habitación no es la IA —de eso hablamos todos sin parar—, sino la incómoda pregunta de si su adopción nos hace más relevantes para nuestros clientes

En muchos comités de dirección el elefante en la habitación no es la IA —de eso hablamos todos sin parar—, sino la incómoda pregunta de si su adopción nos hace más relevantes para nuestros clientes. Esa es la conversación verdaderamente exigente: la que pone el foco en la razón de ser de cualquier compañía.

Si algo hemos aprendido en los últimos años con la digitalización es que el cliente compara con el mejor, que muchas veces no es un competidor. Y este nuevo contexto está acelerando la aparición de nuevos jugadores, algunos que ni siquiera existían y que cuentan con una gran ventaja frente al resto: no necesitan transformarse porque nacen libres de carga y de las distracciones que impiden a otros avanzar con determinación.

A los ojos del consumidor, esta nueva realidad está creando ya ganadores y perdedores. La diferencia está en la solvencia de cada compañía para integrar la IA en lo que más nota el cliente: interacciones sin fricción, propuestas que se anticipan, respuestas inmediatas, personalización con sentido y conversaciones que demuestran un entendimiento verdadero de su necesidad.

El FOMO nos empuja a movernos para no quedarnos fuera; el FOBO nos paraliza para no equivocarnos

Deberíamos cuestionarnos, entonces, cómo las innovaciones que estamos viviendo nos ayudan a seguir siendo relevantes. Nuestras decisiones clave (las high-stakes a las que McGinnis sugiere reservar el tiempo y la energía) tienen más que ver con tres cosas: los objetivos que perseguimos, los procesos que estamos dispuestos a rediseñar antes de automatizar y el equilibrio entre personas y máquinas más idóneo en el diseño de la nueva forma de relacionarnos con nuestros clientes. Que sea esta o aquella tecnología, plataforma o modelo, por brillante que sea, llega después. Siempre después. No debería ser nunca el fin, sino el medio para conseguirlo.

Vivimos asimilando esta compleja realidad: el FOMO nos empuja a movernos para no quedarnos fuera; el FOBO nos paraliza para no equivocarnos. Y, en medio de este ruido, los clientes siguen premiando a las compañías que mejor les hacen sentir, las que ofrecen una experiencia que merece ser recordada. Nada nuevo, por cierto, a pesar de que a veces lo olvidemos.