Hay una cosa curiosa en nuestro sector. Podemos pasar semanas afinando el claim de una campaña de sostenibilidad, discutiendo si “eco”, “verde”, “consciente” o “responsable” suena más creíble, mientras en la oficina tenemos luces encendidas en salas vacías, el aire acondicionado peleándose con una ventana abierta y una impresora que escupe papel como si todavía estuviéramos en 1998. Aunque es cierto que el papel ya prácticamente ha desaparecido de nuestras mesas y reuniones. Pero aún nos queda mucho por hacer.
La sostenibilidad en una agencia no empieza en una campaña, ni en un buen claim para nuestro mejor cliente. Empieza antes, en un sitio menos glamuroso pero más importante: la propia oficina. Antes de recomendarle a un cliente que mida, reduzca, optimice o compense, lo mínimo es preguntarnos si estamos haciendo nosotros lo mismo.
Además, esto ya no va sólo de voluntariedad, va de cumplimiento normativo. La CSRD (Directiva de Informes de Sostenibilidad Corporativa) obliga a más de 5.000 empresas en Europa a auditar y publicar sus impactos ambientales, sociales y de gobernanza desde 2025. En España, el Real Decreto 214/2025 exige calcular la huella de carbono y publicar planes de reducción anuales para todas las empresas con más de 50 trabajadores. Y la Directiva Europea 2024/825 prohíbe las alegaciones genéricas como “sostenible” o “ecofriendly” sin evidencia verificable.
Convertir una oficina en un ejemplo de eficiencia empieza con un ejercicio sencillo e incómodo: mirar alrededor con intención.
¿Cuánta energía gastamos para trabajar igual que siempre? Según el Instituto para la Diversificacón y Ahorro de Energía cambiar a iluminación LED reduce el consumo entre un 50 y un 80%, y los sensores de movimiento pueden ahorrar un 30% adicional en zonas comunes. La iluminación LED, los sensores de movimiento, los equipos de bajo consumo, y los apagados automáticos, evitan el consumo fantasma que puede suponer 120 KWh por empleado al año. Igual que dejar un frigorífico encendido 6 meses sin utilizarlo. Nada de esto suena a gran revolución creativa, pero todo suma.
Una agencia eficiente no es la que presume de hacer una acción extraordinaria un día al año, sino la que hace mejor las cosas ordinarias todos los días.
La movilidad es otro punto clave. Durante años, ir a una reunión presencial se consideraba una muestra de compromiso. Hoy, muchas veces, es una muestra de falta de criterio. Un estudio de la Fundación Biodiversidad señala que los desplazamientos diarios al trabajo suponen el 70% de la huella de movilidad de la empresa, mientras que los viajes de negocio sólo el 30. Por lo tanto existe un gran margen de mejora en cómo y cuánto vamos a la oficina. Elegir bien también es sostenibilidad. Debemos fomentar el teletrabajo siempre que se pueda, reducir viajes innecesarios, facilitar el uso de transporte público o bicicleta y preguntarnos antes de cada trayecto si realmente aporta valor reduce emisiones, cansancio y tiempos muertos.
Finalmente están los residuos, que dicen mucho más de una cultura de empresa de lo que parece. Una oficina con papeleras sin separar, cápsulas de café infinitas y una montaña de merchandising olvidado en armarios está comunicando algo, aunque no lo ponga en ningún manifiesto. Separar residuos, reducir consumibles, comprar menos y mejor, reutilizar materiales y elegir proveedores locales o certificados no es postureo. Es una buena gestión.
La sostenibilidad deja de ser un discurso cuando entra en compras, operaciones, recursos humanos, producción, IT y finanzas.
Para los clientes, que su agencia sea eficiente también importa cada vez más. Una marca que trabaja con una agencia eficiente no solo compra creatividad, estrategia o medios. Compra coherencia, inteligencia -por la rentabilidad asociada a la eficiencia- menos riesgo y una forma de trabajar más preparada en un entorno en el que las empresas van a tener que demostrar cada vez más lo que antes bastaba con declarar. La oficina perfecta no existe. Pero sí existe una diferencia enorme entre una agencia que habla de sostenibilidad hacia fuera y una agencia que empieza aplicándola hacia dentro.
Lo normmal no es tener una planta en la recepción y una frase inspiradora en la pared. Lo normmal es que la oficina funcione como funcionan las mejores ideas: con inteligencia, con intención y sin desperdiciar energía por el camino.