Las redes sociales han dejado de ser un simple escaparate de tendencias para convertirse en el lugar donde se crean y consolidan los nuevos estándares de belleza. Así lo señala un análisis de Beauty Cluster, que sitúa a estas plataformas como el principal barómetro estético, especialmente en San Valentín.
El 81% de los consumidores reconoce haberse planteado la compra de un producto tras verlo en redes sociales y el 84% afirma confiar más en la recomendación de otros usuarios que en la comunicación de las marcas. El contenido visual, la figura de los influencers y la interacción constante entre usuarios determinan qué productos se vuelven virales y qué atributos se asocian al éxito, la aceptación o el bienestar, reforzando un consumo cada vez más vinculado a la validación social.
De esta forma, San Valentín se consolida como uno de los momentos más potentes del año para el sector, impulsando la búsqueda de productos ligados al autocuidado, la mejora de la imagen personal y la proyección social.
Sin embargo, el fenómeno también intensifica un debate creciente sobre consumismo y presión estética: mientras las redes inspiran y conectan, también amplifican modelos de belleza que pueden generar expectativas poco realistas y fomentar compras basadas más en la comparación que en necesidades reales.
“Las redes sociales no solo muestran la belleza, la definen. Para las marcas, entender este ecosistema es clave: no se trata solo de vender productos, sino de conectar de manera responsable con un consumidor cada vez más consciente de la influencia digital”, señala Adrià Martínez, general manager de Beauty Cluster.