
Hay personas que pasan por tu vida. Y hay otras que, sin darte cuenta, la cambian para siempre. Para mí, Fernando Martorell fue de las segundas.
Fernando fundó Slogan en 1968, pero más allá del publicista, del empresario o del referente del sector, para mí fue algo mucho más importante: fue mi jefe, fue mi gran valedor… y con el tiempo, fue mi amigo. Yo venía de la parcela puramente creativa, con la suerte de haber aprendido al lado de los mejores. Pero fue Fernando quien un día me dijo algo que nunca olvidaré: “Albert, tú tienes que ser un publicitario integral. Porque me gustaría que algún día Slogan tuviera continuidad contigo.”
Y cumplió su palabra. En 2012 cogí el testigo de la agencia que él había creado. Y desde entonces, su espíritu ha estado siempre presente. No solo en la forma de entender este oficio, sino en la manera de vivirlo: con pasión, con respeto, con ambición y con una exigencia constante por hacerlo mejor cada día.
Si tuviera que explicar quién era Fernando en tres palabras, sus tres E, lo tendría muy claro: empatía, espléndido y exigente.
Empatía, porque tenía una capacidad única para entender a las personas. Sabía ver más allá, detectar el talento y conectar de verdad.
Espléndido, porque daba. Daba oportunidades, confianza y espacio. Apostaba por la gente sin reservas.
Y exigente, porque nunca se conformaba. Te empujaba a ir más allá, a superarte, a no quedarte en lo fácil. Porque creía firmemente que las cosas, si se hacen, se hacen bien.
Esa combinación es muy difícil de encontrar. Y él la tenía.
Pero más allá de todo esto, me quedo también con lo personal. Con las comidas, con las conversaciones, con esa manera tan suya de ver siempre el lado positivo de las cosas. Con las partidas a “chinos” para decidir quién pagaba, ya fuera con clientes o en un mano a mano. Con el privilegio de poder hablar con alguien con tanta experiencia y, al mismo tiempo, tan cercano. También con nuestros más y nuestros menos, incluso con el fútbol, porque los buenos amigos no siempre comparten equipo. Pero siempre desde el respeto, desde la elegancia. Porque Fernando era eso: un señor de verdad. Un gran líder. Alguien que entendía la publicidad como una forma de vida. Que sabía que en este oficio cada día tienes una batalla, pero que lo importante es ir ganando guerras.
Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de que muchas de las decisiones que tomo, muchas de las formas en las que entiendo este negocio y, sobre todo, en cómo trato a la gente, vienen de él. Porque su legado no está solo en Slogan. Está en las personas. Yo, personalmente, lo echaré mucho de menos.
Pero también sé que todo lo que me enseñó sigue intacto. Y que ese sueño que él empezó, seguimos construyéndolo cada día.