
¿No odias cuando tras tres semanas de extenuante trabajo presentas una campaña estupenda y al cliente le encanta y todo es felicidad y optimismo y una semana después el cliente escribe para decirte que enhorabuena, y tú descorchando el champán, y te cuenta que has pasado a la segunda fase del concurso y ya sólo quedan cinco agencias en la competición y que hay que volver a presentar la semana que viene?
Yo lo odio.
Ah, los concursos. A los publiciteros nos encantan, los detestamos, los tememos, los anhelamos, huimos de ellos, los perseguimos, nos declaramos rodilla en tierra. Son una montaña rusa de emociones que mezcla euforia, desesperación, cansancio, uno de cuentas que grita aterrorizado a tu lado, ese vértigo cuando parece que has acabado pero no, ese colapso del PowerPoint…
Yo he hecho muchos, claro, y no es por presumir (sí), pero con estupenda ratio de éxito (aprovecho para decir que como ahora estoy de freelance y vivo como soldado de fortuna, si tienes un concurso entre manos aquí, justo aquí, está tu oportunidad). Aunque quizá sea más humilde contar los concursos que he perdido. Como Michael Jordan en aquel anuncio mítico de Nike:
Chiqui Palomares: el típico director creativo humilde que se compara con Michael Jordan.
Un concurso siempre empieza bien (a menos que seas la agencia que defiende el título). Como mi amiga Fátima Gaytán decía muy acertadamente hace ya unos cuantos años: estamos enamorados de los principios. Ella hablaba de las relaciones, pero sus sabias palabras se aplican perfectamente a los concursos; en realidad a casi cualquier tema. Porque mientras preparas el concurso existe la promesa de un mundo mejor, la esperanza de ganar lo llena todo hasta rebosar, piensas que el cliente quiere de verdad mejorar su marca y ahí estás tú para hacerlo.
Mientras preparas el concurso existe la promesa de un mundo mejor»
Luego llega la terca realidad, pero al principio el optimismo lo domina todo. Pocas cosas dan más alegría que el que te inviten a un concurso (una de esas cosas, en algún momento de este artículo). “Nos han llamado de galletas Cuquitas, que quieren cambiar de agencia”. “Un fondo de inversión ha comprado Charcutería Alfredo y van a meter pasta en un plan de marketing.” “Nos invitan al concurso de Corporación Malvada, S.A., espero que no tengáis comprados los billetes de avión de vuestras vacaciones”.
Pero, ay, amigo, a partir de ahí, como siempre que se juntan tres o cuatro seres humanos a hacer algo, empiezan a suceder cosas.
Por ejemplo, puede que el concurso consista en que Mercería Conchi pide una campaña 360 con plataforma de marca y bajadas a todos los formatos y evolución de la campaña a un potencial segundo año, para juzgar si adjudica su presupuesto de 92.300 euros (IVA incluido). Un poco así:
Este vídeo ya ha salido en ODIO TODO, pero es que es maravilloso.
Puede ser que en el concurso X compitas en una terna formada por tu agencia, Los Tiroleses y Wieden and Kennedy. Al final a última hora invitaron también a Grupo Corcuño y se llevó el concurso. Pero al menos nosotros nos llevamos el juego del programa y un fuerte aplauso de nuestro público.
Puede que haya nervios de última hora porque si no se hace la adaptación a posavasos no se gana el concurso.
Viñeta de Carlos Giménez que no tiene nada que ver con los concursos pero retrata muy bien el ambiente del último día.
- Puede que alguien no entregue a tiempo el concurso y quedéis descalificados sin llegar siquiera a ser juzgados, cual fax de De Gea con el Madrid.
- Puede que en realidad todo sea una elaborada manera de lograr que el holding que lleva la cuenta baje su fee un 14% (#truqui).
- Puede que a medio concurso cambie el briefing y todo lo que has hecho hasta el momento no valga para nada (lo cual es una buena noticia para los procrastinadores: como aún no han empezado, nada se pierde).
- Puede que comas pizza de más y hamburguesa de más y luego te regañe tu médico porque te sube el colesterol y eres demasiado joven para ir a los sitios en ambulancia.
- Puede que hagas 90 piezas y al final se lleven a la presentación sólo 10, porque si no, era llevar demasiado. Puede que las otras 80 se dejen en Anexo para que el cliente luego lo vea con calma si quiere (se paga a 1.03 en Bwin a que nunca sucede).
Que no me extraña, ojo. Me quiero poner en la piel del cliente en estos procesos. Cómo tiene que ser recibir las propuestas de 23 agencias, todas seguidas, escuchando una y otra vez los mismos argumentos y chistes. Es como cuando a mí me obligan a ver una temporada cualquiera de «Friends», que al segundo episodio estoy ya deseando arrancarme los ojos cual clásico de la cf.
Pero un concurso también puede que sea lo mejor que te ha pasado en la vida:
- En un concurso te exiges a ti mismo y sientes la adrenalina de saltar en paracaídas y no estar seguro de si se va a abrir el paracaídas tras (o durante) una caída de dos mil metros…
- En un concurso experimentas la camaradería que se forma entre los compañeros. Nada crea equipo como estar en una trinchera bajo el fuego enemigo. Ya sabes que no hay vínculo más fuerte que el que se establece entre todos los que han tenido que sobrevivir a una catástrofe. Mira los de Viven, que aún siguen dando conferencias juntos.
Y a veces ganas (permíteme que insista) y hay fiesta en la cocina, y baile sin orquesta y ramos de rosas con espinas.
Como dice mi amiga Anacé Moreno: tres semanas de concurso no son tres semanas. Tres semanas son otra cosa en años de pitch. Suceden tantas cosas que el tiempo se detiene y se deforma y se estira y se encoge y desafía las leyes de la termodinámica. Como lo que pasa en la casa de Gran Hermano (esta parte la digo yo).
Los concursos son un proceso caótico, eufórico, frenético, peripatético, hiperbólico, enigmático y chiripitifláutico. Y me temo que van a ser así siempre, por mucho que las asociaciones de agencias (y Roberto Lara) exijan (o supliquen) unas condiciones razonables para su convocatoria, que sean remunerados, que tengan plazos cuerdos, etcétera.
Los concursos son un mal endémico y a lo mejor inevitable. Ya lo decía mi director de arte en Remo, Fabián Lynch: Qué bonitos los concursos… cuando acaban.
