‘Odio todo. La serie’: «Odio los rodajes»

Hay gente que sueña con los rodajes como si fueran pura magia. Chiqui Palomares, en cambio, los vive como una prueba de resistencia física y mental. En esta nueva entrega de la serie ‘Odio todo’, dispara sin piedad contra ese ecosistema extraño donde todo tarda siglos, nadie sabe muy bien qué está pasando y tú solo puedes asentir con cara de genio creativo mientras te atragantas con napolitanas y desesperación. Bienvenido al set: aquí lo único que se rueda es la paciencia.

Imagen creada con IA generativa.

¿No odias cuando estás a dieta estricta y te ponen delante unas napolitanas de chocolate y tú dices que no y te las vuelven a ofrecer y al final tú te comes 23 seguidas porque estás en un rodaje y la alternativa a cubrir ese tiempo muerto es estar haciéndole la rosca al cliente, que se aburre?

Yo lo odio.

El 54% de las napolitanas de chocolate se consumen en rodajes. Fuente: Cibeles.

Creo que soy el único creativo en España que detesta los rodajes. De hecho, he preguntado a ChatGPT y me ha dado la razón (como hace siempre. Inciso: nota mental: escribir un ODIO TODO dedicado a los pelotas).

Normalmente los creativos adoran los rodajes. Como criaturas salvajes que somos, nos encanta salir de la oficina, corretear por el parque y dejar de fingir que aumentar un 7% el tamaño del logo es la motivación por la que madrugamos. Que nos aflojen los grilletes y no ser fustigados por los distintos ejecutivos de cuentas que piden para ya el decimosexto cambio de layout es un plus. En un rodaje casi todos los creativos están contentos, sentados junto al combo, o zascandileando cerca del director de fotografía a ver si aprenden algo de poner luces, o flirteando con la ayudante de vestuario (porque, como me dijo una vez David Fernández sabiamente: Lo primero que hay que hacer al llegar a un rodaje es enamorarse).

Yo dedico ese tiempo a sufrir.

Sólo he disfrutado en dos rodajes: el primero (todo me parecía nuevo, no tenía responsabilidad de nada) y el siguiente después del primero (es decir, el segundo), cuando aún sospechaba que aquello no era tan divertido como parecía, pero aún no estaba seguro.

Uno de los primeros rodajes de Chiqui Palomares, como se puede ver por la sonrisa y el pelazo.

Luego todo ha sido siempre agonía y dolor, angustia y desaliento, como si estuvieras leyendo una novela de Juan del Val.

Creo que es porque soy muy controlador, desgraciadamente no aéreo (#patumtssss). Y en  ningún sitio como en un rodaje siento que estoy a merced de las circunstancias y de lo que hagan otras personas. La mayor parte del tiempo estoy haciendo ídem mientras preparan el plano e iluminan (abro debate: ¿por qué tardan tanto los directores de fotografía, alias dioupé, en iluminar?).

De ti se espera que no hagas nada, como si fueras de la realeza, excepto hacer así con la cabeza para aprobar o no un plano. Se espera tan poco de ti (esencialmente que no estorbes) que si te mueves te ven como un elemento peligroso e imprevisible. Una vez, rodando en Bombay (eran otros tiempos), como el equipo era muy reducido, se me ocurrió agarrar una batería para llevarla a otro sitio y así echar una mano a los de la productora. Aquella cara de espanto y el gesto de dejadejaquéstáshaciendoloco.

Los rodajes están llenos de momentos en los que estás prácticamente indefenso, como si fueras un cervatillo delante de un camión desbocado de 18 ejes.

  • El actor que tan bien lo hizo en el casting no recuerda una frase concreta si tiene más de siete palabras; además, mira todo el rato a cámara.
  • El cliente decide que es un buen momento para cambiar por completo los guiones.
  • Descubres que el guión que acabáis de cambiar no tiene ni puta gracia y además no cabe en cuatro segundos.
  • Empieza a llover.
  • Empieza a nevar.
  • El sol colapsa en una bola de fuego y se convierte en una supernova que destruye el planeta.

Y tú sólo puedes comerte las uñas de nervios. O las napolitanas de chocolate.

Desierto de Almería en día de rodaje.

Un poco por superstición, en todos los rodajes, al terminar, digo siempre una frase: Qué bonitos son los aplausos de fin de rodaje. Y sí, son bellísimos. Pero es que además significan que el rodaje, por fin, ha terminado, y voy a dejar de sufrir. Al menos hasta que llegue el offline.

Porque si sobrevives al rodaje te queda lo peor: el offline. El momento en que ves por primera vez la pieza editada. Y antes de ponértela te dicen que no está acabada, música de referencia, telecine a una luz, ha locutado el editor, va un poco apretada para ser un veinte. Y te la ponen tres veces seguidas y tú piensas: ¿por qué no haría yo caso a mi madre y estudiaría Medicina, y ahora estaría viendo algo mucho más satisfactorio, como las vísceras de alguien?

Un poco como en la película de Woody Allen, Un final made in Hollywood:

Chiqui Palomares.

Precisamente Woody Allen decía que el único momento en el que era feliz y estaba satisfecho con una de sus películas era cuando se le ocurría la idea para la película. Entonces todo era perfecto, potencialmente perfecto. Entonces se ponía a escribir y no acababa de lograr lo que buscaba, pero seguía adelante. Y luego hacía el casting y no conseguía exactamente los actores que quería, y tenía que ceder un poco. Y luego rodaba y la toma no era 100% buena. Y poco a poco iba haciendo concesiones y a mitad del proceso estaba pensando más en la siguiente película (¡se le acababa de ocurrir una idea potencialmente perfecta!) que en la actual, que ya era una sucesión de pequeños fracasos e insatisfacciones. Sigue siendo lo mejor de ser creativo: ese momento de iluminación en el que se te ocurre la idea y todo hace clac.

Aunque luego tenga como consecuencia (¡en el mejor de los casos!) que haya que asistir a un odioso rodaje.