
Un gran amigo mío me dijo una vez que no puede evitar ponerse muy serio cuando hace el amor.
Y aunque considero que la mejor manera de darle importancia a las cosas es reírse de ellas, entendí perfectamente el fondo de lo que me quería transmitir. Se refería a que la mejor forma de celebrar nuestras vidas, este milagro improbable, es poner toda la atención y venerar aquello que hacemos.
Y, como tantas veces, no pude evitar pensar en mi trabajo. No me da vergüenza decirlo. Me encanta lo que hago y muchas de las cosas que me pasan me conectan con ello. Y también al revés: conecto lo que hago con lo que vivo y observo. No quiero ni puedo separar mi trabajo de mi vida. Quizá es que me estoy volviendo un poco antiguo para este mundo.
La Publicidad, con toda su P mayúscula, es cultura en estado puro
Mi amigo tenía razón, al menos en parte. Hay momentos en los que hay que ponerse serios. Para mí, la publicidad y la creatividad son cosas muy serias. La publicidad es una forma de cultura y de expresión capaz de conectar a las personas con sus emociones y, al mismo tiempo, generar valor económico para la sociedad. Es una rendija maravillosa del sistema por la que afloran ideas, ilusiones, risas, miedos, anhelos. Siempre la comparo con la arquitectura: sin belleza no hay utilidad, sin resultados no hay emoción, sin límites no hay creatividad. Por eso, la Publicidad, con toda su P mayúscula, es cultura en estado puro.
Perdonarán mis compañeros que se centran en otros ámbitos de este negocio, pero la publicidad, por encima de todo, son marcas, ideas y personas. Marcas, ideas y personas. Cuando nos olvidamos de esto, pervertimos la naturaleza profundamente vocacional de nuestro trabajo y nos convertimos en despachos de medios y contenidos (contenido, qué palabro… teniendo IDEAS).
Contenido, qué palabro… teniendo IDEAS
Precisamente, la publicidad nos permite trabajar con la materia prima más hermosa que existe: las ideas. Gracias, ideas. Os amo por no ser mías. Ni de nadie. Por vuestra libertad. Como los gatos callejeros de Cortázar, venís cuando queréis, con carácter e independencia. Con suerte, os dejaréis acariciar y volveréis a vuestros tejados. No sois el invento de nadie, sino el descubrimiento de todos. Mestizas de cuna, partícula elemental de cualquier posibilidad. Optimismo en estado puro. Y también gracias a la propia creatividad, ese conjunto de danzas rituales y fuego compartido que sacamos de dentro para invocaros.
Qué trabajo tan extraordinario el nuestro, que nos permite tomar prestadas esas ideas, impregnarlas de nosotros y ayudar a que conecten con los demás. Y que, en ese camino, dejen prosperidad en la sociedad y sentido en las empresas.
No sé tú, pero yo estoy muy feliz en mi día.