¿Quién mejora a quién: la IA a nosotros o al revés?

La inteligencia artificial ha multiplicado las posibilidades de la creatividad publicitaria, pero también plantea nuevos retos para la diferenciación de las marcas. En este artículo para la revista IPMARK, Agustín Castellani, director general creativo para EMEA de Monks, reflexiona sobre el valor del criterio humano para convertir la tecnología en una herramienta al servicio de las buenas ideas.

Cuanto más puede hacer la IA, más importa el criterio de quien la utiliza.

Agustín Castellani, director general creativo para EMEA de Monks.

La responsabilidad de un líder creativo siempre ha sido, entre otras cosas, definir qué sí y qué no. Decirle que sí o que no a una idea, a una ejecución, a una palabra de más. La inteligencia artificial no ha cambiado eso. Lo ha vuelto más importante que nunca.

Hoy cualquier equipo puede generar mil piezas antes de terminarse el café. Eso cambia el enfoque. Antes nos preguntábamos si podíamos hacer algo. Ahora, si debemos publicarlo.

Y el público ya tiene su respuesta. Los estudios más recientes, de IAB a NielsenIQ, dicen lo mismo con distintas palabras: la gente reconoce una pieza hecha en serie, la encuentra más fría y la olvida antes. Los más jóvenes, sobre todo. Una generación que construye su identidad eligiendo con muchísimo cuidado lo que mira no perdona lo genérico. Tampoco reniega de la tecnología: quiere una IA que le resuelva algo, no una que solo le llene la pantalla.

Hay una razón técnica detrás. Los modelos aprenden de lo que ya existe y tienden a devolver el término medio. Si todas las marcas usan las mismas herramientas de la misma manera, todo sale correcto y todo se parece: el anuncio, el post, el concepto creativo, incluso el ángulo estratégico. Correcto no es lo mismo que bueno, ni que impactante, ni que memorable. ¿Y qué hay peor que una marca que no te marque?

Lo esperanzador es que los mismos estudios muestran que a la mayoría de la gente no le molesta saber que un anuncio se hizo con IA. Lo que molesta es notar que nadie pensó detrás. El problema nunca fue la herramienta, sino la ausencia de alguien que la dirija.

Misma herramienta, distinto criterio

Toys «R» Us quiso homenajear a su fundador con una película hecha íntegramente con IA. El resultado se sintió extraño y distante. La marca quería ser la primera en usar la herramienta, y la herramienta terminó siendo la protagonista. Nadie dudaba de la tecnología; faltó alguien que preguntara si esa era la mejor forma de contar la historia.

La película de Toys «R» Us con Sora: la novedad de la tecnología pesó más que la historia.

Burger King hizo casi lo contrario con su Million Dollar Whopper. Usó la IA para que la gente inventara su propia hamburguesa, dentro de unas reglas de marca muy claras. Era el Have It Your Way de siempre, contado de una forma nueva.

Con el Million Dollar Whopper, Burger King puso la IA al servicio de su idea de siempre.

La tecnología era parecida. La diferencia estuvo en alguien que supo qué contar y para qué.

Qué gana una marca con una agencia que domina la IA

Las herramientas están al alcance de todos y cambian cada semana. Por eso, en una agencia así, la tecnología es solo una parte de lo que se contrata. Lo que la hace valer es lo que viene con ella: criterio, juicio y experiencia.

Criterio para saber cuándo algo técnicamente impecable va a sonar falso. Juicio para sopesar originalidad, códigos de marca y riesgo en el mismo segundo. Y experiencia de haber visto mucho, haberse equivocado y saber reconocer una buena idea o una gran estrategia cuando aparecen entre miles de estímulos sintéticos.

Cuando alguien me pregunta qué hacemos con la IA, la respuesta más honesta es que la hacemos mejor. Le damos una idea a la que servir, una marca que respetar, un contexto que entender y un equipo que sabe cuándo decirle que no

En el día a día, ese criterio se parece mucho menos a la magia de lo que se cree. Es mirar cien versiones y quedarse con una. Es descartar la opción que más gusta en la sala porque no suena a la marca. Es defender una idea imperfecta frente a otra impecable y vacía. Es saber cuándo parar y cuándo insistir.

En Monks lo llamamos pasar de maker a tastemaker. Llevamos la IA a nuestros procesos desde hace tiempo, y eso nos permitió construir una relación sana con ella. Sabemos que, si le das algo promedio, te devuelve algo promedio. Así que la entrenamos con lo que de verdad importa en cada marca: su identidad, su tono, su ambición. Con una certeza: la diferencia la pone nuestro punto de vista. La IA encuentra, explora y propone; la última palabra la tiene una persona. El objetivo no es nivelar, sino que cada pieza tenga carácter propio.

Cuando alguien me pregunta qué hacemos con la IA, la respuesta más honesta es que la hacemos mejor. Le damos una idea a la que servir, una marca que respetar, un contexto que entender y un equipo que sabe cuándo decirle que no.

La velocidad ya está resuelta. Lo que sigue siendo trabajo nuestro es elegir. Y elegir bien, hoy, es la ventaja competitiva más valiosa.